22 feb 2011

Las amapolas que ignoran seguir creciendo y esperan que el sol las mezca y las acaricie el viento.

Tenía un juego cuando viajaba. Cada vez que alguna amapola asomaba por el camino, gritaba su nombre. Siempre las había visto allí, en el camino, rojas, verdes, negras. Siempre con los pelitos al trasluz y arrugas en los pétalos. Siempre encadenadas a esa tierra que les atrapaba, condenadas en un mismo lugar. Daba la impresión de que guardaban algo bajo sus raíces y de que aguardaban que otro algo se las arrancara. Durante años quise frenar y tumbarme junto a ellas, darles un poco de compañía que pudiera marchitar su curiosa soledad, que a mí se me antojaba como la sensación constante de las tardes con ese sabor de los domingos en los huesos. Imaginé que soñarían con tener pelo y que ondeara con los olores frescos del ocaso y formara contraluces con el cielo cuando el sol corría a esconderse de la oscuridad que él mismo dejaba tras de sí. Pero, imaginé, se conformarían con el vaivén de su tallo impulsado por el viento. Van y vienen, pero siempre en el mismo lugar. Van y vienen, pero nunca lo advierten.
Como cada mañana, tuve miedo. Como una amapola que vacila al abrirse cuando el sol vuelve, con la cantidad justa de valor para un día más. Como cuando te aterroriza perder algo o te tortura no saber qué hay a tu alrededor con cada pestañeo. Abrí los ojos rápido y esperé que a esa misma velocidad ellos se acostumbraran a la penumbra. Pensaba en si mis iris serían del mismo color hoy que el resto de los días, si desde las ventanas de mi alma, hoy se vería lo mismo de siempre. Cuestionaba si no estaría en un universo diferente cada vez que despertaba, e incluso mi propia existencia. Me preguntaba si alguna vez alguien repararía en una pequeña flor como yo y sentiría la nostalgia del tacto de sus rugosos pétalos, si alguien se dejaría acariciar por mi aroma, si alguien querría llenar mis recuerdos vacíos aún, si de vez en cuando podría arrancar una de esas miradas que tanto reconfortan sin necesidad de ser otra. Pisé de nuevo el frío mármol que vestía el suelo de mi habitación y hacía que pareciera aún más solitaria, con ese color mortecino. Me deslicé por el cuarto, asemejándome a un fantasma.
Aparecí frente al espejo, pero solo veía amapolas.

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