14 ene 2013

El día que vi morir a la muerte.

   Estaba helada. Creo que pude ver su inseguridad que tiritaba, allí acurrucada bajo aquel árbol cubierto de blanco. Ella, cubierta de blanco también. La nieve le teñía el pelo y le recorría los hombros desnudos. Sus piernas estaban estaban dobladas, se sujetaba las rodillas cerca del pecho, y parecían poder quebrar en cualquier momento. Me acerqué lentamente a ella. El tiempo tenía pinta de detenerse, congelado en los copos del invierno que caía despacio sobre nosotros, aterrador sobre ella.
   Estaba helada. El tacto de su mejilla con las yemas de mis dedos era similar al del carámbano. Abrió los ojos y me miró. De su boca apenas salía ya vaho, porque apenas quedaban resquicios de calor en su interior. El frío invadía sus entrañas y secuestraba su aliento, su respiración era pausada. Sus latidos, más adentro que nunca. Más a fondo, más intensos, más en ella y también más en mí, eran como un eco atronador en el vacío de los días impensables.
   Estaba congelada, cuando me dijo:
   - Márchate, o arrástrate a mi ruina.

4 comentarios:

  1. Me gusta que, aunque sufra, aunque esté a punto de morir, sus últimas palabras no sean una súplica, sino una advertencia.
    El título es amor del bueno.
    Y me pregunto con mucha curiosidad cuál ha podido ser la causa de su muerte.

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    1. Pronto se sabrá algo más de su historia, tanto del antes de este momento como del después.
      Muchas gracias.

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