10 ene 2013

Oh, melancolía.

   Me vierto en estas calles llenas de lluvia. Escondido en mi abrigo negro, el de la noche que ya parece apoderarse de mi. Tropiezan las gotas con mis pies, estallan en mi adentro los regustos agridulces que dejaron aquellos tiempos. Camino lento, como lento ella se acerca, le veo las intenciones a través de la niebla, y las luces que se vislumbran tras este manto son sólo un eco de la ciudad que sigue en movimiento a nuestro alrededor.
   Me mira con sus heladas pestañas y sus ardientes iris, y aunque yo intente esquivarla, la mirada que congela y la caricia que desgrana las horas del reloj que grita la medianoche, ella llega y quema fríamente.
   Resuenan mis pasos en el aliento de la ciudad que es este vaho que nos envuelve. Apuro mis piernas para llegar rápido a aquel apartamento que hago llamar hogar, y que ahora se me antoja algo lejano. Más acá veo el pasado y las grises esperanzas, pisándome los talones, respirándome en la nuca. Subo las escaleras aprisa, de dos en dos, y cierro la puerta con fuerza, con el ojalá de que ella se quede fuera. Apoyo mi espalda en la puerta tras deslizar las palmas de las manos por la madera. También está fría.  Espero no oír pasos, espero no oírme, ni oír el tic-tac que ahora sólo es una reminiscencia que suspiro con esfuerzo.
   Me acerco a las fotografías que pueblan algunos de mis muebles, y allí estaba yo en otro tiempo. Me pregunto qué sucedió con aquel niño, qué ocurrió con aquel adolescente, a dónde huyó la inocencia y por qué la echo de menos. Encuentro esa cálida inquietud, ese cómo desasosiego que ella me trae.
   Serán las prisas, pienso, las que tuve por crecer y las que me asfixian ahora, en días azules de cielo blanco como el de hoy, de olor a café de marca mala y sabor a amapolas desgastadas.
   Seré yo que me perdí, que pensé que era experiencia lo que en realidad siempre ha sido una pulida colección de errores y aciertos a medio soñar.
   Y al mirar a mi lado allí está ella, y es la única que ahora me coge de la mano. Descubro que es ella conmigo la que hoy desata este escalofrío dulce y agrio a la misma vez. El escalofrío de lo que fue, o dejó de ser. Me giro hacia ella y entonces me rindo y busco su  mirada, le aprieto la mano, y le digo:
   - Melancolía, tú que me respiras, háblame de mí.

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