Los días pasaron movidos por un viento que trastocaba los escombros de aleteos inútiles o sucedáneos.
Tuve las rodillas marcadas por los intentos, y hoy, esté donde esté, me enorgullezco por mis cicatrices y las sigo mirando con cariño. Ellas mismas me levantaban cada vez que desistía aquella fuerza que me impulsara, a cada aleteo fallido, cada tanto, cuando tropezaban mis plumas entre las ráfagas de aire.
Los prados fueron verdes, color primavera, estuvieron secos, también naranjas y otoñales, se helaron marchitos algún tiempo, no sé bien durante cuánto se repitió aquel ritual insólito. Pero me proporcionaban lo que entonces fue más hogar que cualquier otro lugar. Allí silbaba el viento y tenía espacio para elevar las hebras de mi pelo, las enganchaba en sus suaves garras, y cosía mi nombre entre sus soplidos; a veces quería llevarme con él, lo notaba en cómo susurraba en mi oído que allí estaría mi lugar. Y yo lo sabía.
Por eso, quizá, me fui.
Quizá, por eso, volé.

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