Autumn tiene miedo. Observa el movimiento de las agujas del reloj, allí punzantes y oscuras, malintencionadas como siempre, y siente miedo.
Un monstruo en las entrañas.
El miedo es transparente en las ventanas de esa casa, cuando Autumn echa vistazos al porvenir desde el cristal, o asoma la cabeza y remueve el viento su pelo, el viento que viene y se va, como en ese momento.
Sale a la calle, le gusta caminar por el asfalto vacío hasta entonces, y mira las ideas que mueven sus vísceras, les hace fotos para no olvidar, su espina dorsal en estado de electrocardiodrama, la pinta para que no se marchite, tambaleándose entre los latidos que pisan fuerte, y tiene miedo.
Se busca en el reflejo de los charcos y antes de desaparecer se planta cara y dice:
- Vivo en el constante instante previo a un escalofrío.
Luego sigue caminando pisando las hojas aguadas y los charcos crujientes que desprenden esas ondas que durante unos momentos mantienen esa reminiscencia de ella pasando por allí, y camina sintiendo el tacto en sus dedos de la tinta y el de todas esas neuronas inquietas, y se encuentra con el sonido de sus pasos y de sus venas latiendo, y entonces lo ve. Allí está el monstruo. Frente a frente. Y le entiende.
De repente, al mirarle a los ojos, y no antes, en las manos (donde a punto estuvo), sólo entonces, en sus ojos, le comprende.
Es allí donde descubre que no es la frontera del miedo, quizás la del ser, pero aquel ritmo en las venas no son sus límites.
Desentraña ese escama, esa suerte de intranquilidad que es una cicatriz de guerra allí grabada a flor de piel, sobre sus poros, entre sus supiros. La criatura salvaje que antes hubiera sido un término en horizonte, y ahora, mírale, es una razón más para seguir luchando.
Aunque llueva, aunque nieve,
aunque queme.
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